Por la calle larga de San Agustín
se llega a Sevilla sin salir de la tierra de los encinares.
No hay guadalquivires ni macarenas,
torres del oro ni de giralda;
ahí hay ¡ay qué pena!,
gime mi alma.
El frio siembra la arena de amaneceres
que claman el calor del nuevo día.
La noche siempre muda en atardeceres
a su hora de muerte brama:
¡Qué yo le quiero ver!, mi niña
¡Qué yo le quiero ver!, gitana.
Que con tu traje negro lo arropas todo
y en tu cola de estrellas, las esperanzas.
¡Qué yo le quiero ver!, mi niña.
¡Y antes que la mañana!
ENLAZA CON LA WEB DEL AUTOR
se llega a Sevilla sin salir de la tierra de los encinares.
No hay guadalquivires ni macarenas,
torres del oro ni de giralda;
ahí hay ¡ay qué pena!,
gime mi alma.
El frio siembra la arena de amaneceres
que claman el calor del nuevo día.
La noche siempre muda en atardeceres
a su hora de muerte brama:
¡Qué yo le quiero ver!, mi niña
¡Qué yo le quiero ver!, gitana.
Que con tu traje negro lo arropas todo
y en tu cola de estrellas, las esperanzas.
¡Qué yo le quiero ver!, mi niña.
¡Y antes que la mañana!
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