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El silencio de los buenos y la comunidad gay


El silencio de los buenos y la comunidad gay

“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos.”

Martin Luther King

Hay frases que llegan al corazón, que hacen pensar en la actitud de quien las lee ante determinados grupos sociales que utilizan la fuerza para imponer y alcanzar sus deseos. ¿Qué puedo hacer yo? Me he preguntado en multitud de ocasiones ante las situaciones injustas, ante los actos de discriminación y la falta de sensibilidad por los colectivos que carecen de lo más básico, ante el saqueo de los bienes públicos por parte de los que tienen fuerza, medios y parece que el acumular bienes, poder y relevancia social sea su único fin, su único propósito de vida.

Pero no hace falta picar tan alto. Basta con pensar qué puedo hacer ante situaciones de odio y discriminación como la que ejercen personas que pudieran vivir en mí mismo barrio, incluso en mí mismo edificio, con las que compartiera incluso alguna afición o charlara de vez en cuando en la calle.

Leía hace un par de días en las noticias como en la localidad de Torrelodones habían aparecido unas pintadas en unos bancos decorados con la bandera arcoíris a la entrada de un instituto.

 "«Os vamos a matar», «sodomitas”, «maricones no bienvenidos», «Rusia nos marca el camino», «los niños tienen pene, las niñas tienen vulva», «dejad a los niños en paz» y «alcaldesa hija de puta».

No he podido sentir más que tristeza e impotencia. La mentalidad de las personas no cambia fácilmente. Mientras no les toque a ellos, el dolor y los problemas de los que son diferentes no solo les da de lado, sino que también le sirve para desahogar sus propias frustraciones y para canalizar la violencia que lleva implícita la naturaleza del hombre y la mujer sin humanizar, sin educar.

Hace tiempo que me di cuenta de que esa pretendida sensibilidad y comprensión de la mujer, por el hecho de ser mujer, no era cierta. Hay mujeres con sensibilidad y otras que no tienen ninguna. Lo mismo sucede con los hombres y todos los tópicos asociados a ellos.

Con esto quiero decir que la problemática en el caso del odio y del rechazo no es fácil de resolver. No hay un colectivo en sí que sea causa del problema ni otro que lo pueda resolver. Está toda la sociedad implicada: La iglesia ultraconservadora, los colegios religiosos con la misma ideología, las familias religiosas, las familias no religiosas conservadoras, los colegios no religiosos conservadores, las familias no conservadoras, pero que jamás se han planteado lo que son, los educadores no religiosos ni conservadores que tampoco se lo plantean, las familias liberales o de izquierdas de puertas a fuera, las familias progres o progresistas que dicen aceptarlo en los demás, pero que si les sale un hijo maricón lo echarían a patadas de casa…

Hay un gran número de padres que prefieren salvarse ellos del rechazo y sacrificar a sus hijos gais pensando que, si los expulsan de sus hogares, las personas que los rodean no solo no les negarán su amistad, sino que les aplaudirán el gesto. Y hay otro número de jóvenes que hacen lo mismo por los mismos motivos. Porque lo ven en sus padres y en sus educadores; pero sobre todo lo ven en la familia. Son un reflejo de ella. Su juventud, temeraria por naturaleza, se atreve a poner en práctica lo que sus mayores solo dicen desde la atalaya de ser mayoría en número, desde su indolencia y desde la comodidad de su sillón.

Bueno… me siento algo mejor al escribir y publicar esto, porque me gustaría ser uno de esos hombres buenos de los que habla Martín Luther King y no quedarme en silencio. De todos modos, me siento tan impotente que tengo ganas de llorar y no es ninguna frase bonita que se me ocurre en este momento. Todas estas noticias, me recuerdan la dura infancia y juventud que viví. Donde el miedo y la soledad era mi pan de cada día, y la ausencia de las voces de los “hombres buenos” estaba tapada por una mentalidad que provenía de una época de dictadura donde muy poco podían hacer. Entonces, por decir estas cosas, ibas a la cárcel. No muy lejos de aquí aún te sacrifican, tirándote desde la azotea de algún edificio —como en algunos países árabes— o condenándote a sufrir latigazos como en alguna localidad de la India.

Debemos apostar por la educación tanto de jóvenes como de adultos. Estoy seguro de que hay muchos más “buenos” que hablan de los que pensaba Martin Luther King, pero lamentablemente no son noticia en los medios.

Valentín Martínez Carbajo.


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