Roko y el amor de su vida
Mi nombre es Roberto Corrales Villanueva, pero desde que
tuve uso de razón quise que me llamaran Roko, con K. Me resultaba más varonil.
Siempre he sido algo delgado, durante un tiempo pensé que tenía alma de espiga,
pero después me di cuenta de que mi alma era realmente de hombre. Llamándome
Rocko, con K, no sé por qué, ya ves, me sentía más fuertote.
Los hombres fuertotes me encantan. Son maravillosos. Sobre
todo, a los que se les marca el culo, turgente y redondito, bajo sus pantalones
vaqueros. Y si llevan camiseta blanca ya... ni te cuento.
Me siento muy machote, pero me gusta emplear adjetivos como
maravilloso o ideal cuando lo considero necesario. Me parece muy cool. Como
tener Instagram. Desde mi punto de vista, si no tienes Instagram no puedes ser
cool.
Ayer me desperté pensando en mi antigua pareja. Estábamos en
la casa del pueblo, en mi habitación. Allí las ventanas son enormes, de madera
y con un montón de cristales formando rectangulitos preciosos, aunque un poco
sucios y alguno esté roto. Él estaba de pie, desnudo, con su calzoncillo blanco
en la mano, mirando hacia el monte. Como de vez en cuando hacía, cogió entre
sus manos su pequeño lienzo blanco —con el que se cubría el culo y el rabo— lo
hizo una bola y lo estuvo olisqueando antes de ponérselo. Le gustaba su propio
olor. El olor del sudor de su pene y escroto… a mí me encantaba mirarle cuando
hacía eso.
Al darse cuente de que le observaba, se volvió hacia mí,
dejó caer su calzón al suelo y se arrodilló dejando su cara a la altura de la mía,
todavía adormilada y con alguna legaña. Me acarició el pelo y me besó. Su barba
cerrada, de dos días, me raspó como raspan las barbas, cerradas, morenas y de
dos días. Cerré los ojos y volvió a acariciarme. En esta ocasión, puso sus
labios en ellos. Primero en uno y luego en otro. No los tiene tan grandes como
para llegar a los dos al mismo tiempo. Con su pene hubiera llegado… Eso, a
nada.
Huele a pachuli. No es que se eche pachuli, ¡por Dios!... es
el olor de fondo del perfume que lleva. Hasta la polla le huele a una mezcla de
roble y pachuli. Es moreno y peludo. Tiene el pelo abundante y medio rizado,
como el de los ángeles rubios, pero en negro.
Nos queríamos tanto… Un día se marchó. Me dijo que quería
ver el mundo. Que lo nuestro había estado bien, pero que nada dura eternamente,
que todo es temporal. Lo había aprendido de Buda. ¡Ay que ver cómo fue Buda!, ¿¡eh!?
No podía haber dicho otra cosa… También me dijo que probablemente tendría que
estar en la cárcel un tiempo porque había robado en su antigua empresa para
poder hacer el viaje y tenía que pagar por ello. Al no haber devuelto el
dinero… ¡Cómo era!
Yo le dije que se lo prestaba, pero me dijo que no era lo
mismo. Siempre fue muy honrado consigo mismo y eso, en el mundo de la
delincuencia, no abunda. Yo le amaba por eso y por otras cosas que le colgaban.
Creo que hubiera sido un gran padre. Lástima que por aquel
entonces no pudiéramos casarnos entre los hombres, adoptar y formar una familia
cristiana. Yo hubiera ido ciego al altar con él.
Pero ya ves… cuando se fue yo le estaba poniendo alpiste al
jilguero ilegal que me había regalado por mi cumpleaños. Creo que ya sabía que
iba a estar entre rejas y me lo había traído para estudiarlo. Para ver cómo era
la vida en cautividad. En el fondo, aunque tenía una herramienta descomunal
entre las piernas, era un jilguerillo rustico en busca de un cazador furtivo
que le retuviera.
¿Pero qué podía hacer yo? Yo solo me llamo Roko y la fuerza
me la da el nombre. Cuando nadie me llama, me vuelvo débil. Cuando dejó de
llamarme, se me desinfló todo. Incluido mi pene, naturalmente. Un hombre con el
pene desinflado no es cool. Salvo en numerosas excepciones. Bueno, qué coño, un
hombre con el pene desinflado sigue siendo cool, pero quedaba bien decirlo en
esa frase.
Qué misterioso es el amor, ¿verdad?... Y las relaciones. Seguro que Leo —se llamaba
Leonardo— habrá salido ya de la cárcel. Allí dentro se habrá hinchado a follar;
pero no tendría ventanas de madera enormes, desde dónde mirar, con rectangulitos
preciosos formando una cristalera, ni ropa interior sudada que oler, lavada con
Helena y doble de suavizante, como él hacía.
Y yo, aquí, con el canto de fondo de mi jilguero multicolor,
me hago pajas pensando en sus besos y evocando el sonido de su voz cuando me
llamaba por mi nombre: Roko. Roco con K… ¿Quién lo iba a decir? Él fue el amor de mi
vida. Y aunque lo nuestro fue breve, estará en mi memoria hasta mi último
aliento.
Cómo es el amor, ¿verdad? Extraordinariamente maravilloso.
El amor es, y seguirá siendo, cool, aunque no tenga
Instagram. El amor no lo necesita.
www.escritorvalentinmartinezcarbajo.com
