El armazón del alma
La legitimidad de nuestro dolor
He tardado prácticamente toda mi vida en sanar muchas de las
heridas que me produjeron durante mi infancia, mi adolescencia y mi juventud.
Como nadie que esté cuerdo, yo no quería sentir dolor, pero el dolor estaba
ahí. Un dolor fruto de un maltrato psicológico infringido en el seno de mi
propia familia, junto con todo mi entorno que parecía comportarse como lo
hacían en casa y en algunos casos, evidentemente, aún mucho peor.
Durante mucho tiempo, pasada ya aquella época en la que,
aunque mi cuerpo estaba vivo mi mente vivía aturdida quizá protegiendo a mi
verdadero yo, comenzaron a hacerse presentes las secuelas. Las depresiones, la
ansiedad cuyo origen estaba escondido, el desánimo permanente, la ausencia de esperanza…
no sabía porque me sentía así, y lo atribuía a mi falta de carácter, a mis
propios defectos, a un espíritu indolente a mi pereza, a mi ignorancia…
No solo me sentía mal, sino que me castigaba por sentirme
mal pensando que era culpable de mi propio dolor, de las limitaciones que ese
dolor me producía y de no tener ganas de vivir porque pensaba que era un
pusilánime o un indolente.
Cómo el daño había sido psicológico y no se veían las
cicatrices ni yo asociaba mi estado al trato que había recibido ni los
profesionales a los que acudía me daban soluciones. Es más, muchos me hicieron
sentir peor y uno en especial, me dio tantos psicofármacos que añadió un problema
más al que ya tenía.
No me cansaba de buscar soluciones, porque quería vivir y
ser feliz como veía que lo hacían las personas que me rodeaban. Finalmente,
sobre los treinta y dos años, conocí a una psicoanalista que consiguió que
emergiera la verdadera causa de mi dolor y pudiera lidiar con ella. Desde
entonces me he pasado la vida reconstruyéndome. Puedo decir que he conseguido
salir de aquel infierno ya hace algún tiempo, pero hay cosas que nunca podré solucionar.
No hace falta pasar por un maltrato continuado como el que
sufrí yo. Además, no se trata de ver quien ha sufrido más porque estoy
totalmente convencido que lo que me pasó a mí, no es ni la décima parte de lo
que les pasa a otros. Ayer mismo leía un testimonio similar al mío y por eso me
he decidido a escribir este artículo.
Cuando alguien te hace daño, se rompe algo dentro de ti. A muchos
muchachos homosexuales, les rompen cada día una fibra de su alma con gestos,
con palabras, con miradas. Les rompen alguna parte del armazón de su espíritu, del
soporte más íntimo de su ser. Cuando leo que han agredido a alguien por
manifestar su afectividad en público, o que le han insultado o echado de casa
sus propios padres, algo resuena en mí que me hace estremecer.
Cuando pasado el tiempo, ya superado en momento crítico, tu
dolor emerge como el de aquellos que se rompieron un brazo o una pierna cuando
cambia la climatología, es raro que alguien te entienda. Pero, ¡sí hace mucho
tiempo que pasó!
Me gustaría ver su reacción si por desgracia estos de los
que hablo, tuvieran un accidente y se quedaran levemente cojeando de una de sus
piernas y, después de haberlos perdido de vista durante algunos años, me los
encontrara y les preguntara, no con cierto aire de desprecio y superioridad por
qué siguen cojeando, ¡si de aquel accidente hace ya mucho tiempo ¡¿No será por
morbosidad?
Así actúa la gran mayoría de las personas. Además de esa
gran mayoría sentirás el rechazo de los que te rodean cuando trates de desahogarte.
Y cuanto más cercanos familiarmente quizá peor.
En realidad, no es que sean malas personas ni mala gente.
Cuando tú cuentas algo a alguien, tus palabras crean reacciones que les hace
variar el estado de ánimo, y si lo que cuentas es alguna atrocidad, su mente lo
va a rechazar de manera instintiva porque a no ser que te impongan el sufrimiento,
nadie lo consiente, ninguna mente lo consiente. Su mente lo va a negar como mecanismo
de defensa.
Es de un gran mérito si alguna persona es capaz de
escucharte cuando narras tu drama.
Gracias a una larga lucha, he encontrado el equilibrio, pero
me he dado cuenta de que es un camino en solitario. No se trata de regodearse
en el dolor, sino de mirarlo cara cara hasta poder extinguirlo y eso es un
proceso largo, que no se va en un par de días ni a veces en un par de años.
No es tanto la cantidad de daño que te hagan sino el impacto
que produzca en ti. Quizá solamente recibas un desprecio en tu larga vida, pero
si ha sido lo suficientemente hiriente, es como el que recibe un balazo en la
rodilla. Aunque se le cure, con los medios que hay hoy en día, difícilmente va
a dejar de cojear.
El balazo solo duró un instante, pero la cojera le durará de
por vida.
Afortunadamente, cada día avanza más la medicina. También
avanzan las terapias emocionales y con ellas las “cojeras” del alma lo son
menos, y finalmente estoy seguro de que lograremos caminar todos sin muletas.
Si me he decidido a escribir sobre esto es porque estoy
hasta donde ni se imaginan, de oír hablar sobre el perdón, sobre dejar de mirar
atrás, de olvidar sin que, todos esos voceros de lo sublime y del amor con
letras barrocas, y manchado de caramelo, te digan cómo hacerlo.
Es como si le dijeran al que está en una silla de ruedas,
como consecuencia de un accidente, que lo olvidara y volviera a caminar, y
encima le hicieran sentir culpable por no hacerlo. Así se está comportando
mucha gente de buena voluntad y poco entendimiento.
Claro que hay que superar el dolor, que se vive mejor sin rencor,
pero para ello, se debe utilizar una técnica, se debe trabajar con el sujeto y
no decirle este tipo de simplezas que te llevan a pensar que eres tonto. ¿Cómo
no se me habrá ocurrido a mi antes, olvidar o dejar pasar y dar un abrazo a mi
agresor?
No escondas tu dolor porque te digan que tienes que
perdonar. Sánalo. Tampoco te recrees en ello, pero grita si te duele; busca y piensa
que estás solo, que ahí sí tendrás que sacar tu fuerza y que quizá si no te
hubiera sucedido ese mal no la hubieras encontrado nunca. Es cierto que puede
que todo tenga un sentido que nuestro nivel de conciencia no nos permita aún ver
con claridad, pero mientras tanto hay que curarse, hay que buscar soluciones para
el daño que nos han hecho.
Estoy seguro de que habrá algún día en el que los que han
sufrido un accidente en las piernas o en los brazos o en la columna no tendrán
ninguna secuela, una vez curados y rehabilitados. Pero tendrán que curarse y
hacer la rehabilitación. Lo mismo pasará con quienes sean víctimas de abusos
familiares o sociales. Pero también tendrán que curarse, tendrán derecho a
quejarse y finalmente, rehabilitados, no recordarán más. Ni cojearán del
cuerpo, ni lo harán del alma.
Hasta ese momento, tendremos que luchar por nuestra cuenta y
buscar soluciones a los males invisibles de los que padecemos, escuchar a los
simples y a los que no los son, si con eso conjuramos a nuestros fantasmas
interiores.
La clave está en no rendirse, finalmente sanarse y, si nos
fuera posible, en descubrir cuál es el propósito de que todo aquello nos haya sucedido.
Valentín Martínez Carbajo
